martes, 27 de julio de 2010

tzuntzan

Tzin mandaba todo adentro, tenía un palo de raíces y mariposas secas con el que golpeaba a cada mensajero de la memoria y lo desmayaba. Y yo le sostenía la bolsa, un tejido mal hecho lleno de mensajeros desmayados. Algunos querían recapitularse constantemente, y en nuestros mediodías de medialunas ella toda pintada de sol como un trigo respingado me miraba vibrando esos hilos paradisíacos que le salían de los ojos y me llevaban las manos a cachetearlos cuando la angustia.

Tzin quería elegirlos. No admitía que se le cruzara por el campo ningún galope de melancolía, el manto de apatía cuando los momentos venían rara vez fallaba. Su apatía-heladera los frizaba. Huían despavoridos hacia el olvido.

El campo tierno pasto, sólo de árboles y langostas, sólo de plantaciones vastas y sólo de soles y lluvias, el campo solo, sólo campo solo mío-

Decía ella, que contaba con mi cariño para ponerse linda cuando algún color desprevenido escurría su rostro, yo inmediatamente me ponía un pincel en la boca y lamía todo su cuerpo, pintándolo nuevamente, y Tzin renacía con una carcajada que una tarde espantó pájaros.

El momento de la recapitulación sí que era doloroso. Cuando por fin elegía uno, después de largas noches de asamblea en su recinto interior (poblado de moscas) necesariamente debía yo aguardar silencio y meterme las manos en el bolsillo antes que abrazarla o pegarle una patada a la bolsa que colgaba de un árbol muy viejo que sólo tenía dos o tres ramitas vivas con flores de ciruelo que persistía. Entonces la veía revolcarse con la boca llena de insultos por el pasto, y de pronto se prendía fuego o le salían luciérnagas por las orejas.

Al alba de una de esas noches rituales recuerdo haber olido en el campo el aroma de una ciudad destruida, y cuando presté oído a mi dulce Tzin en trance, oí que sollozaba y unos truenos invadían su cabeza, retumbaban por todos lados… sabía que me tenía a unos metros hecho una liebre temblorosa, armado hasta los dientes, pero tuve suerte, nunca acudió a mí para que interviniera. No hubiera podido, tenían tal fuerza demoledora todos esos sueños pasados que mi peor mordida sólo hubiera dejado unos moretones en la rodilla de algún caballo melancólico, venido de aquellas tierras. Era toda piano, y yo todo mano, no podía la melodía en su lomo.

Porque cuando la música de su alma sonaba,
un infarto en mi espina dorsal me dejaba tieso.

Y justo cuando parecía que ella iba a perderse, justo cuando sentía un leve ahogamiento, sus tetas iluminadas por el sol rebotaban de manera hermosa y yo sabía que Tzin estaba amaneciendo con toda su cabellera de trigo fresco, y que venía a mi encuentro después de un largo viaje hacia adentro.

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