Se prendieron las luces.
Todos nos vimos los rostros, de uno se desprendió una lágrima
a la que seguí con la mirada
hasta romper con fuerza contra el asfalto
y llegar al centro mismo de la tierra
y apagar el fuego que la hizo girar tantos años.
Se prendieron las luces.
Todos dejamos hablar al silencio y sin embargo nadie calló.
Alguien hizo el intento vano de secar con sus manos la gota inmanente.
Era tarde, muy tarde.
La costumbre dió pan y alegría.
Una pincelada de nobleza nítida reveló la tristeza que la costumbre
sembró en nuestro campo florido.
La rutina amarga pero risueña,
arrancó de ella misma a la mujer que hoy llora repasando
diez años de enajenación.
Y el sueñito, el refugio cálido de la tradición y el abrazo materno
comenzaron a desdibujarse.
La lágrima cayó y surtió efecto:
la tierra de a poco está quedándose quieta.
De algún lado ya no veremos más al sol.
Del otro, el campo se quemará dormido.
La mujer aliviada ahora es etérea y liviana porque la gota ya no le pesa,
mi mirada intenta seguirla pero su figura se pierde en una bruma
de niñez perdida y de farsa que se desmoronó.
Quiero un pedazo de sol para las manos que intentaron salvar al fuego.
Chau. El naufragio ha comenzado.
Los años perfeccionan la aspereza de la finitud
de todo, todo, TODO aquello que queremos preservar por siempre.
Lo sospechaba.
invierno
tan invierno tenés que ser?
(D)